AGOSTO 2015

Las calles del barrio obrero de Fuorigrotta son testigo de los sueños de un grupo de chavales. Fabio Cannavaro, su hermano Paolo y los demás chicos fantasean mientras golpean un viejo y deshilachado balón. Sueñan con llegar al primer equipo del Nápoles, triunfar y poder emular a los Zoff, Rossi y compañía para llevar a Italia a lo más alto, ganar el Mundial. Y Fabio, lo iba a lograr todo.

Pero, si de por sí ya es complicado alcanzar un sueño, Fabio tuvo que trabajar el doble que los demás para llegar a la élite. Nunca fue el más alto, de hecho su corta estatura (1,76) supuso algún que otro problema en su etapa de formación ante algunos técnicos que consideraban que no daba la talla para defender a delanteros “tanque”. Sin embargo, él machacó y esculpió su físico para alcanzar una fortaleza y una capacidad de salto imperiales para que le permitieran dominar el espacio aéreo de su parcela defensiva.

Tampoco era el más habilidoso con el balón en los pies, pero las largas sesiones de entrenamiento específico, a solas, cuando sus compañeros ya habían enfilado el camino a las duchas le permitieron corregir aquellos problemas y convertirse en un central de los que siempre salen con el balón jugado, eligiendo siempre la opción de pase correcta, siendo el primer eslabón en la cadena del juego ofensivo del equipo. Ni siquiera fue nunca un futbolista rápido o veloz. Pero su inteligencia sobre el verde hizo posible que desarrollase una excelsa capacidad táctica para destacar en la colocación y en el arte de la anticipación, en el que pasó de aprendiz a maestro.

Lo que sí tuvo siempre Cannavaro fue la elegancia, desde niño hasta su retirada. La belleza y el estilo impregnaron siempre cada pugna por el esférico, cada entrada en carrera deslizándose por el tapete, cada brinco desproporcionado que convertía a rivales en simples e inofensivos liliputienses. Y además, una elegancia acompañada de una contundencia inusitada, pero nunca reñida con la nobleza la limpieza y la bondad.

Desde el cálido y agitado sur del país de la bota, hasta las frías y cosmopolitas ciudades del norte, pasando por la mágica y monumental Madrid, en todos y cada uno de los destinos en los que el zaguero transalpino se calzó unas botas dejó la huella de un hombre que siempre fue un ejemplo de trabajo, esfuerzo y sacrificio. El sello personal de un futbolista con una capacidad de liderazgo fuera de lo común, que le llevó a ser la cabeza visible en un Parma de fantasía, una leyenda en laJuventusun mito en Alemania tras ganarse el sobrenombre de “Il Muro di Berlino” al levantar la Copa del Mundo para su amada Italia y demostrarle al planeta que un defensa también puede dar espectáculo, ser el mejor.

Fabio Cannavaro, la elegancia de una leyenda con el 5 en la espalda.